Soft

20:27:00

La primera vez que la vi era mediodía, íbamos en el tren y ella estaba sentada al lado de la ventana. Los rayos de sol se colaban entre sus mechones de pelo rubio y resaltaban sus ojos verde oscuro; se mordía los labios mientras leía un libro y cruzaba las piernas cada dos paradas – a la vez que se ajustaba el short vaquero de tiro alto –. Yo la observaba dos asientos más allá mientras escuchaba música en mi Ipod, me fascinaba su manera de resplandecer ante tanta normalidad, lo hacía como si no se diera cuenta de lo maravillosa que era. Pero llegué a mi parada y ella no bajó.



La segunda vez era de noche, estábamos en una discoteca en la playa y ella bailaba en el centro de la pista como si no hubiera otra cosa más importante sobre la faz de la tierra. La miré un par de veces para asegurarme de que era ella, pero no podía haber nadie más en el mundo que tuviera esa mirada de estar segura de todo y a la vez perdida. Esta vez llevaba un vestido blanco que se movía tanto o más que ella, cogí mi cerveza y me acerqué como si fuese un imán y yo un trozo de hierro.

No pude evitar bailar, era algo que a mí también me gustaba – especialmente si era en locales oscuros y llenos de humo –. Durante un instante se alinearon las estrellas y cruzamos miradas, entonces empezó a sonar una de mis canciones favoritas I follow rivers y no pude contener uno de los instintos más primitivos, la euforia. Salté y empecé a moverme al ritmo de la música, mirándola a los ojos sin importarme nada. Sonreía, no podía evitarlo. Entonces sentí una caricia en el brazo, me giré y la vi, se reía y me miraba mientras bailaba conmigo. Yo la admiraba sin poder creerlo. Nos cogimos de las manos y las levantamos, jugando con los dedos, mordiéndonos los labios.

Nos acercamos y tras una intensa mirada nos besamos. Sentí cómo un rayo recorría mi espalda y se instalaba en mi estómago convirtiéndose en un hormigueo incesante. Su lengua acarició la mía con milimétrica perfección, sorprendí a sus manos al recorrer mi espalda mientras las mías descansaban en su cintura, aguantando el equilibrio. Bailamos descubriéndonos y disfrutando de un instante tan mágico como su protagonista, dejándonos llevar sin importar el qué o el quién. Sabiéndonos hechizadas por la embriaguez y el cuerpo.

Pero entonces las luces se encienden y la magia de desvanece. Pero esta vez, al encenderse las luces sentí una mano agarrada a la mía, una mano que me acompaña a la puerta y me lleva a casa, me desnuda y hace conmigo lo más maravilloso del mundo. Una mano que me acaricia el brazo al despertarme, una mano que desde aquel día, sigue a mi lado.


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