Isabella Swan

22:56:00

Después de que pronunciase aquellas palabras y saliese por la puerta sin apenas mirarme, me sentí sola, somo si me hubiese roto por dentro tras el último suspiro de su voz, no podía moverme, me sentí paralizada. 
No fui capaz de calcular cuanto tiempo estuve allí sentada, pero a juzgar por la leve luz que entraba por el ventanal, varias horas.
Durante aquel tiempo pensé en todo lo que me había dicho, letra a letra, suspiro tras suspiro, mirada tras mirada. No fui capaz de descifrar si sus ojos mentían, pero si no lo hacían no era capaz de entender nada, ¿Por qué querría abandonarme allí sola? A mi suerte, y como bien sabía, yo era lo suficientemente patosa como para no poder salir viva ni de cruzar la calle.
Después de largas horas inmóvil y meditando fui capaz, por fin, de articular palabra, sólo puede decir:
-Oh.- Para acto seguido empezar a llorar, entonces todas las horas que habíamos pasado haciéndonos compañía se repitieron en mi mente. No quería olvidar ni un solo recuerdo a su lado, ni el olor de su cuerpo, ni su pelo, ni la luz de la escena, ni aquellas palabras dulces que decía.
Cuando fui capaz de dejar de llorar y tuve fuerza suficiente para secarme las lágrima, me levanté de aquel sillón, donde se había quedado grabada mi figura, caminé hacia el ventanal casi arrastrando los pies, embutidos en unas botas que mamá se había empeñado en comprarme aunque yo no quería ya que eran muy caras, cuando estuve pegada al ventanal, miré en dirección a su casa y grité, grité de dolor, tenía la sensación de que un fuego interno se apoderaba de mí, empezó por los pies dejándomelos inmóviles y fue subiendo hasta el corazón, allí, un pinchazo helado me alivió hasta que aquel extraño fuego lo derritió y se hizo con él, era como si el fuego hubiese conquistado a mi corazón y se hubiesen fundido. Una vez el fuego llegó a cubrirme entera volví a recordar aquellas palabras:
-Me voy, siento que lo único que consigo es hacerte daño.
Entonces abrí los ojos sobresaltada, todo había sido una pesadilla, me quité el edredón de encima, tenía demasiado calor, entonces él me miró, había estado allí todo el tiempo, mirándome, sus manos intentando despertarme habían sido aquel pinchazo helado, entonces comprendí que no debía tener miedo, no por aquella pesadilla, tal vez si a los Vulturis, pero no por aquella razón. Me quería y yo a él y no había nada que pudiese hacernos cambiar de opinión, no por el momento, y dudaba que pudiese existir algo que hiciese que nuestro amor terminase.


Fdo: Otra chica invisible


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